LA MATANZA DE TOULOUSE


En esta semana que termina, Mohamed Merah, que se declaró militante de al-Qaida, ha cometido varios asesinatos en Montauban y en Toulouse, hirió gravemente a un soldado martiniqués, actualmente en coma, y mató a tres militares magrebíes y a cuatro personas judías, de ellas tres niños. Cualesquiera que sean sus justificaciones, en particular en lo que respecta a los niños, condenamos firmemente ese acto y queremos expresar nuestras condolencias a las familias magrebíes, judías y antillanas que lloran a los suyos.

También sentimos cólera y amargura por el acto de ese joven que pretendía actuar por las causas palestina y afgana. Con su acto desvirtúa la finalidad de esas causas justas, confunde el mensaje y fortalece el campo al que pretende combatir. A un mes de las elecciones presidenciales, su locura asesina por una parte reaviva la campaña de Nicolás Sarkozy y la de Marina Le Pen y al mismo tiempo socava los esfuerzos del movimiento antirracista y antiimperialista en su lucha encarnizada por la justicia y la libertad.

Sin embargo, sería incoherente pensar que los delirios vengadores de Mohamed Merah vienen de la nada. La terrible violencia que acaba de manifestar se alimenta desde hace años de las guerras mortíferas que libran las grandes potencias en Afganistán, Irak y otros lugares, con el apoyo del Estado de Israel. ¿Cómo se puede no haber previsto que algún día todo eso llevaría a acciones violentas de las que los judíos franceses, constantemente identificados por la propaganda israelí del sionismo, serían el objetivo? Sin embargo es ese vínculo el que hay que romper para impedir la confusión entre Israel y los judíos. Y ahí es donde reside el honor del movimiento antisionista: trabajar por la liberación de los palestinos, pero también por la de los judíos.

¿Cómo se podía ignorar que la creciente islamofobia que se expresa ad nauseam y que ha llegado a convertirse este año en uno de los principales argumentos electorales, acabaría incitando a algunos partidarios de grupúsculos violentos a pasar a la acción? Ese trasfondo ideológico-político no se puede ignorar. Ya se pretende instrumentalizar este crimen, ya se ha retomado la confusión, como lo ha hecho de forma escandalosa el CRIF (Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia, N. de T.) que tras la revelación de la identidad del asesino renunció a la marcha que se iba a organizar con las organizaciones musulmanas. ¡No se manifiestan con los culpables! Esa es una actitud vergonzosa frente a las víctimas, además de irresponsable y peligrosa.

La justa conmoción que ha provocado esta tragedia en ningún caso puede convertirse en rehén de intereses de los políticos o de los lobbies. Al contrario, debería ser una oportunidad para que la sociedad francesa medite colectivamente sobre los estragos de ciertas opciones políticas nacionales e internacionales contrarias al bien común. Anders Behring Breivik y Mohamed Merah no son accidentes en tierras europeas. Son la expresión del increíble desorden generado por el sistema imperialista y racista. Ambos son a la vez consecuencias y síntomas. En ese sentido, Breivik y Merah son claramente productos europeos.

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