EE.UU.: La política de la sinrazón


Max J. Castro (Progreso Semanal)

A veces una escandalosa tempestad en un vaso de agua puede revelar mucho acerca de la naturaleza de un período determinado, incluyendo el nivel de seriedad y racionalidad que caracterizan el momento político.

Consideren, en el contexto de algunos de los graves desafíos que enfrentan los Estados Unidos y el mundo – estancamiento económico con la posibilidad de descender a una depresión global, una seria degradación ambiental, calentamiento global incontrolado- que uno de los asuntos que, a finales del año pasado, puso a divagar a los republicanos, fue el destino del bombillo incandescente.

 

Irónicamente, fue durante el gobierno de George W. Bush, ese notorio  y celoso anti-mercantilista partidario de las regulaciones, que se estableció, en el 2007, la Ley de Seguridad e Independencia de la Energía. Esta requería de la industria que produjera bombillos más eficientes que esos típicos devoradores de energía que se han estado haciendo durante décadas.

 

Al mismo tiempo, la legislación concedió a la industria de las luminarias tiempo más que suficiente para ajustarse a las nuevas regulaciones. La primera fase de la transición no entraría en efecto hasta el 2012, y subsiguientes aumentos en la eficiencia serían programados durante los dos próximos dos años.

 

Al contrario de una buena parte de la retórica paranoica que se fue armando a medida que la fecha límite del 2012 se iba acercando, la ley no es de ninguna manera una medida radical. Tal como lo dejó ver un medio de prensa: “La ley no prohíbe los bombillos incandescentes. En vez de ello, los productores a partir del 2012 dejarán de  hacer los viejos bombillos incandescentes de 100 vatios, reemplazándolos con otros de menos vatios que producen aproximadamente la misma cantidad de luz. Nuevos bombillos incandescentes de 75, 60 y 40 vatios serán introducidos en fases posteriores”. En suma, se trata de una medida de conservación tan modesta y pro-mercantilista que incluso George Bush y la industria la podrían aceptar. De hecho, los productores han estado trabajando durante cinco años para cumplir con los nuevos requisitos y están listos y deseosos de hacerlo.

 

Pero ni la bendición del profundamente pro-mercantilista George W. Bush ni la falta de oposición de la industria –sin contar con los innumerables de argumentos sustanciales a favor de la eficiencia energética- fueron suficientes para disuadir a los republicanos del Congreso de que adoptaran su negligente posición: el obstruccionismo.

 

Aparentemente manipulados (o amedrentados) por fundamentalistas anti-gubernamentales del Tea Party y alarmistas -¡están prohibiendo los bombillos incandescentes, el fin de todas las libertades norteamericanas no puede estar lejos!- los republicanos lucharon contra la implementación de la ley aprobada por su anterior líder.

 

Aunque fracasaron en derogar la propuesta del 2007, sí se las arreglaron para negar el dinero ejecutivo para poner a funcionar las nuevas regulaciones. Los representantes de la industria y los ambientalistas concuerdan en que la ley será observada de todos modos, si no por otra razón que porque la industria ha avanzado demasiado en la transición hacia una iluminación más eficiente como para que tenga sentido volverse atrás y para colmo desafiar la ley.

 

La ecuación que reúne el derecho de hacer, vender y usar bombillos incandescentes con las libertades norteamericanas es solo un ejemplo del modo insidioso y minucioso con el cual el Tea Party ha radicalizado al partido republicano y sobrecargado su inclinación hacia la irracionalidad, añadiéndole una medida de aquello que el desaparecido politólogo Richard Hofstadter llamó “el estilo paranoico de la política norteamericana”.

 

Otra manifestación de este fenómeno se está desarrollando en Hampton Roads, Virginia, un área que el Washington Post describe de esta manera: “Fuera de la parte mayor de New Orleans, Hampton Road se encuentra en la situación de mayor riesgo ante aumento del nivel del mar que cualquier otra área de su tamaño en los Estados Unidos, según la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera”.

 

En respuesta a los esfuerzos de los planificadores para prepararse ante las probables consecuencias del cambio climático, un movimiento inspirado por el Tea Party ha surgido y proliferado, ofreciendo argumentos como que el calentamiento global es una farsa y que el proceso de planificación es una conspiración de la ONU para apropiarse de terrenos y abolir la propiedad privada.

 

Luego está la mayor irracionalidad de todas las inspiradas por el Tea Party, la cual se convertido en un dogma reinante en el partido republicano y que ha infestado también, en menor medida, al gobierno de Obama. Es el fervor por reducir drásticamente los gastos del gobierno para reducir el déficit a pesar de una economía paralizada. Eso, tal como lo señalaran Keynes en los años 30 y Krugman en la actualidad, es la opción equivocada.

 

Esa medicina, repartida por Herbert Hoover de 1929 a 1932, luego brevemente por Roosevelt en 1937, y ahora lanzada sobre toda Europa principalmente por Alemania, tiene una tasa de curación igual a cero.

 

Tampoco está funcionando en los Estados Unidos donde, a pesar de tímida mejoría aparente en el mercado laboral, la situación económica es estrecha al tiempo que aumenta el número de los pobres, la clase media decrece y empobrece día por día mientras sus viviendas pierden valor, y el nivel de la desigualdad económica se ha hecho tan intolerable como para forzar a una porción significativa de la población, que antes soñaba el viejo sueño norteamericano, a despertar a la nueva pesadilla e incluso a rebelarse ante ella.

 

Sin embargo, el premio se lo lleva una de esas posiciones irracionales, monolíticas que el Tea Party ha obligado a asumir a los contendientes presidenciales republicanos, y al partido en general. Se trata de la inmigración. Entre otras cosas, los insufribles debates presidenciales republicanos han devenido competencia acerca de quién está dispuesto a enarbolar con mayor fuerza el puño de hierro contra los “inmigrantes ilegales” y quién puede mostrar el menor grado de compasión.

 

La mayoría de los latinos están convencidos de que hay en tales discursos una mal velada animosidad, especialmente en la base republicana, hacia el creciente impacto de la comunidad latina en los Estados Unidos. ¿Cómo explicar si no la pasión contra los “inmigrantes ilegales” en un momento en que la inmigración neta desde México es casi nula y la inmigración total está en su punto más bajo en muchos años?

 

Los máximos estrategas y científicos sociales de los republicanos han predicho que para este partido, el alienarse de modo permanente el voto de los latinos (el bloque que vota con mayor rapidez en el país) es un suicidio político. Las encuestas muestran que a pesar de la decepción con Obama, los latinos votarán abrumadoramente por él antes que apoyar a un candidato de un partido hostil. La cuestión es si el poder electoral latino ya ha crecido lo suficiente para salvar a Obama. Si es así, el Tea Party y la política de la irracionalidad y la política de la irracionalidad que ha llevado al máximo resultarán ser la debacle del partido republicano.

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