El francotirador Juba.


Camina entre las sombras. Usa un fusil de precisión ruso. Ya mató a 31 soldados de EE.UU. Y filmó cada ataque. Los CD con sus misiones son un éxito entre la juventud de Irak.

#Aqui os pongo un video de sus ataques, no RECOMENDADO PARA SENSIBLES O MENORES DE EDAD.

http://videos.expectaculos.net/2006/11/01/juba-el-francotirador/

http://www.revolutionvideo.org/agoratv/secciones/internacional/juba.html

En qué pensaba ese joven soldado tras la visera transparente de su casco? ¿Estaba contento de haber abandonado su California o su Texas natal? ¿Satisfecho de encontrarse ahí, bajo el sol de otoño, en pleno centro de una ciudad llamada Bagdad? ¿Contaba con angustia los días que le faltaban para volver? ¿Tenía miedo a la muerte? ¿Alguna vez había matado a alguien con la ametralladora que empuñaba ese día en la torreta de su vehículo blindado?

A doscientos metros, sin duda el iraquí Juba no se planteaba esas preguntas. Echado sobre un colchón en el interior de un minibús de vidrios oscuros, Juba estaba ahí para matar. Con el ojo en la mira y respirando con lentitud, se tomaba su tiempo, estudiaba el viento que agitaba el follaje de un eucaliptus, corregía la puntería, buscaba a su víctima, así como el mejor ángulo de tiro para su fusil de mira telescópica.

La mira del Dragonov de fabricación rusa que cuidaba como un tesoro pasaba de una posible víctima a otra. Eran cuatro. ¿Sería ese soldado vestido como un templario moderno que se alejaba del blindado, se acercaba a la acera y observaba uno de los autos que pasaban lentamente ante él en un gran desfile urbano? ¿O bien ese otro que más atrás, las manos crispadas sobre su fusil de asalto, examinaba con recelo a los que pasaban sin mirarlo, esforzándose por ignorarlo y seguir su camino?

Juba no puede fallar. Tiene que disparar una bala, una sola. Es una regla de supervivencia. De inmediato, como acostumbra, deberá retirarse, despacio, sin apurarse y sin llamar la atención, perderse. La cámara que sigue toda la escena hace zooms a cada uno de los soldados. El objetivo se detiene sobre el artillero. ¿Es él el eslabón más débil?

En la acera, los soldados caminan, se detienen, dan media vuelta, parten otra vez. El artillero está encaramado en su torreta. Inmóvil. Es imposible adivinar sus facciones. Está muy lejos. Sólo se distinguen la cabeza cubierta por el casco, los brazos, la parte superior del torso. El zoom va y viene; se detiene en él. Su suerte está echada. Un golpe seco, una efímera voluta de humo que surge del casco, los brazos que se alzan en un último espasmo, y el hombre se desploma como un muñeco de trapo. La bala calibre 7.62 le destrozó la cabeza.

Distribuida a fines de octubre a la salida de las mezquitas junto con los dulces tradicionales de las fiestas del Aïd, que marcan el fin del Ramadán, la muerte del soldado grabada en un DVD —del que Le Monde obtuvo una copia— se convirtió en un verdadero “éxito” entre una juventud iraquí a la que la guerra sumió en el desamparo, cuyas tres cuartas partes carecen de trabajo. Menos de la tercera parte de los estudiantes de la ciudad se atreve a asistir a clases, las cuales en su mayor parte carecen de docentes, ya que éstos huyen del país. Ya hace cuatro años que los cines, teatros y salas de juego cerraron sus puertas. De todos modos, como el toque de queda comienza a las ocho de la noche, la única opción es la tevé. E Internet. Bajo la dictadura de Saddam Hussein, todo eso estaba prohibido. Gracias, EE.UU….

Debido a ello, además de las grabaciones que se ofrecen e intercambian de manera informal, el mito de Juba es un gran éxito online. Por lo menos 35.000 iraquíes vieron las “proezas” del temible francotirador. Para los jóvenes que frecuentan los cibercafés, Juba se transformó en un héroe. Entre 100.000 y 650.000 iraquíes —nadie lo informa con exactitud— perdieron la vida en estos 4 años. Otros dos millones, sobre todo las elites, partieron al extranjero.

El país vive en medio de dos guerras simultáneas, la que libran unos 20.000 militantes contra la ocupación militar y la que enfrenta a los miles de gángsters y milicianos por el control de partes del poder. Los shiítas y los sunnitas tienen posiciones diametralmente opuestas. Los asesinatos, las matanzas y los atentados que dejan a diario un saldo de decenas de civiles y policías iraquíes muertos aterran a casi todo el mundo y nadie los defiende abiertamente. ¿Quién podría aplaudir una carnicería semejante que desborda los cementerios?

A juzgar por las encuestas, el único denominador común entre las comunidades árabes del país es que detestan “al ocupante”. De ahí el éxito de Juba, el francotirador, que, como destaca Taher M., un joven de Bagdad de 21 años, “sólo mata a los infieles”.

¿Quién es ese “zorro árabe” misterioso que siempre deja en el lugar un papel o un graffiti de dos líneas que dice que “lo que se tomó por medio de la sangre, sólo puede recuperarse por medio de la sangre”? Nadie sabe más que eso. “Es una leyenda urbana que creó la propaganda terrorista a través de un hábil montaje de secuencias que probablemente protagonizan muchos francotiradores”, especula azorado el cuartel general estadounidense en Bagdad. Puede ser.

Una sola cosa es segura: los francotiradores parecen pertenecer a un mismo grupo: el “Ejército islámico en Irak”, una organización clandestina formada en el verano de 2003 y que integrarían iraquíes nacionalistas sunnitas cercanos a los Hermanos Musulmanes. No pertenecen a la minoritaria red Al Qaeda de Irak. Hace unos meses se distribuyó en las mezquitas una primera película propagandística de trece minutos. Las imágenes eran borrosas y de mala calidad. La segunda película duraba quince minutos y se titulaba “Juba, el francotirador de Bagdad, parte II”. Tenía imágenes nítidas, y el sonido y el montaje eran de buena calidad. En otra de las nuevas escenas de tiro al blanco contra los soldados aparecen dos personajes bastante corpulentos que podrían ser el mismo hombre.

El rostro del primero está oculto bajo una capucha negra. Tiene una pistola, un walkie-talkie y un fusil de mira telescópica que coloca sobre una mesa antes de agregar una 37ª línea en un papel colgado en la pared: su “tabla de caza”, cabe suponer. A continuación se lo ve transcribir unas palabras en árabe en un cuaderno. “Somos la tempestad que destruye a los soldados estadounidenses”, escribe el desconocido. “Somos el fuego que nunca duerme ni descansa” .

“¿Cómo se puede comer, beber y dormir cuando nuestros hijos y hermanos están encerrados en las cárceles de los infieles? Abu Ghraib, Guantánamo, Afganistán, Palestina… ¿Qué decirle a Alá cuando nos pregunte qué hicimos cuando el enemigo llegó a nuestra tierra, destruyó mezquitas, violó nuestro honor, insultó el santo Corán?” Luego, se escucha en off un “llamamiento a la juventud musulmana: ¡No hay que demostrarles piedad alguna! ¡Hay que matarlos a todos! Destruyeron nuestro país y nuestra amada Bagdad. ¡Hay que hacer de su vida un infierno!”.

El segundo personaje lleva un keffieh a cuadros rojos y blancos. El rostro está borroso. Explica a cámara que “son los estadounidenses los que dieron a (los) francotiradores el nombre de Juba”. El hombre, al que se presenta como el “comandante de las unidades de tiradores de elite del Ejército Islámico en Bagdad”, afirma que dispone de un “número relativamente importante” de ases del gatillo. “¡Hay centenares de Juba!”, asegura.

Explica que les resultó “muy útil” un libro, The Ultimate Sniper, de un ex francotirador de la Infantería de Marina estadounidense, el mayor John Plaster. Le Monde lo verificó. El autor no sólo actualizó su trabajo en 2005 —se había publicado por primera vez en 1993— a los efectos de “contribuir a la guerra global contra el terrorismo”, sino que tiene un sitio Web en el que cualquiera puede comprar un DVD, así como consejos para “adquirir el arma adecuada” y no errar “nunca el blanco.”

¿Qué piensa el alto mando militar estadounidense de esta mortífera ironía? Es imposible saberlo. La idea de filmar las operaciones y de difundir los videos, confirma el comandante, “se decidió cuando se tomó conciencia de que la caída del soldado a manos de nuestros francotiradores tuvo más efecto sobre el enemigo que cualquier arma”. ¿Guerra psicológica? En realidad, los soldados saben a qué se exponen cuando circulan. Las filmaciones sirven sobre todo para el reclutamiento. “Sabemos —dijo la capitana de Infantería Glen Taylor a The New York Times— que en algunas ciudades de la provincia de Al Anbar —bastión de la resistencia— los hombres circulan con altoparlantes invitando a sumarse a los francotiradores y ofreciendo tres veces el sueldo actual”.

De los 2.860 soldados que murieron en Irak en la guerra más de la tercera parte cayó en su vehículo en emboscadas imprevisibles: minas disimuladas en bolsas de residuos en las calles que recorren los convoyes militares, artefactos enterrados y detonados a distancia, burros y kamikazes con explosivos, etc. El número de muertes que se atribuye a “disparos de armas de mano” en un sitio Web estadounidense que registra las bajas en Irak (www.icasualties.org) sería de 270. De ellas, 80 desde enero.

¿Cuántos fueron víctima de francotiradores? Es un misterio. Según el “Ejército Islámico” —que no hace referencia a los secuestros seguidos de asesinato, sobre todo de periodistas extranjeros, uno de los métodos menos gloriosos a los que se recurre—, sus combatientes dieron muerte a 630 militares estadounidenses —entre ellos 23 oficiales y once francotiradores— en lo que va de la guerra. Mucho para un solo grupo. Demasiado para un solo hombre llamado Juba.

A mediados de agosto, un diario estadounidense especializado, The Army Times, entrevistó a un francotirador militar en Bagdad. El sargento Randal Davis, 25, explicó que después de horas de espera, logró alojar una bala de su M14 en el pecho de un iraquí. “La pared quedó cubierta de sangre”, explicó. Otro francotirador, el cabo Mike, 31, habló sobre “la diferencia entre un profesional y un maniático del gatillo”. Luego mostró su propia lista: “Catorce muertos en Somalia, tres en Afganistán, uno en Irak”.

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